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La poesía ¿para quién es la poesía?
En Venezuela va la poesía cantando
(Por David Cortés Cabán)
Al novelista y poeta, Don Antonio Pérez Carmona
En Venezuela la poesía ha salido a las calles. Como un río luminoso abre los espacios y llama a todos a compartir la fiesta que nos une. La poesía se ha escapado de las universidades, de los lugares cerrados donde el poeta y el profesor habían mantenido el profundo misterio. Pero no hay tal misterio. Los grandes conocedores y estudiosos de la poesía quieren explicarla para luego dejarla encadenada entre libros, cerrándoles las puertas y ventanas para que brille en ellos mismos. Pero la poesía en Venezuela va por otros rumbos. Es como una lluvia que cae de las manos de Dios y llega a todas partes. No tiene dueños, no busca púlpitos, no tiene preferencias para depositar su hermoso fuego. Poesía ¿discriminas tú entre el anciano que inclinó su corazón para oír la melodiosa frase o la niña que se quedó en la Plaza Bolívar llenándose de los colores de la tarde? Volveré a decir como el introvertido Juan Ramón: “Tengo en mi casa escondida la poesía…” No. La poesía no puede ser este canto que digo a solas conmigo mismo. La poesía no puede ir por un camino unidimensional ni vivir oculta entre las sombras. Debe ser como el sol y el aire que respiro, un cielo abierto para todos. Les cerraríamos las puertas al sol ¿no dejaríamos entrar su luz? No te engañes, no es tuyo ese corazón que resplandece entre tus versos. Ya baja, ven a compartir. Hemos aderezado las mesas, y ataviados de colores recogemos las flores más hermosas para ti. Mira, somos como tu primer amor. Estos rostros que llegan a escuchar tu poesía son, aunque no lo pienses tu propia humanidad, y también son tu fuerza.
Por Venezuela va la poesía cantando. No tiene edad, ni tampoco fronteras. Llega por las provincias, deja un rayito de luz y una esperanza. Y los niños y jóvenes y ancianos llegan a compartir. Acuden al llamado de sus propias palabras, desconocen que la poesía más fiel la llevan ellos mismos en sus rostros. Y llegan y comienza la fiesta. Y los poetas sonríen entre la multitud. Whitman hubiera sido feliz en este pueblo, caminando por valles y montañas, mirando el nuevo amanecer.
Libre va la poesía. No necesita que hable por ella nadie. Del corazón de la patria sale la poesía. Salud a la grata esperanza. ¿No es este paisaje, y ésta la montaña, y ese pájaro a ras de tierra, y esa muchacha que pasó corriendo bajo la lluvia la que inspiró el dulce cántico? Pues para ellos sea la poesía, para ellos la grata esperanza. El poeta no es dueño de nada. Publica sus libros, y ya no es dueño de nada. ¿Para qué quiere el poeta su poesía? Me dirá usted: “El poema que recitas es mío”. Yo le contestaré: “Lo he atado junto a mi corazón, por este poema amé y he sido amado. Es la brújula que guía mis pasos”. ¿Quiere usted quitarme lo que me pertenece?
Amigos míos de la gran fauna de la poesía ¿No hay un solo poeta pequeño, no hay un solo poeta inmenso que reclame unas palabras para el pueblo? Me iré a la isla más lejana, habitada sólo por mí y construiré el gran himno misterioso, escrito y leído y disfrutado por mí. Seré el Robinson Crusoe de mi propia poesía. No saldré de mi isla, me condecoraré a mí mismo, la poesía será mi refugio. Ah, grandes poetas, magníficos seres, la poesía no escoge color ni clase social ¿o sí escoge? Yo pensé que la poesía era este fuego inmarcesible que resplandece el breve camino de la vida. Mi corazón empedernido quiere hacerme creer que la poesía es otra cosa. Que la poesía tiene muchos dueños y escenarios fabulosos. Pero nadie es dueño de la poesía. La poesía es patrimonio de todos. Si la poesía me dice: “No vayas a ese lugar, podrían reconocerte.” En verdad, ésa no es la poesía. Es el culto al desamor que clava en mí su ponzoña engañosa para confundirme, para hacerme creer que la poesía no es para todos. Y si mi vanidoso corazón se va por esa orilla, lejos del palpitar del mundo, estoy perdido. Se han nublado mis ojos, no quieren ver y se equivocan. Me equivoco una y otra vez pensando que la poesía debe ser para un público iluminado por el vano resplandor de la fama. Mi pobre voz y mis ojos se confunden buscando otras miradas. Pensando equivocadamente que sólo algunos son capaces de sentir y vivir la poesía. Pero, ¿qué es en realidad lo que importa en la poesía: una simple metáfora o la tensión de aquel o de este verso? No nos dejemos engañar, ésta no es la razón de la poesía, ésta no es su divina locura. La poesía no tiene por qué excluir a nadie. Su espíritu es libre, no se compra por cantidades ni se mide con la vara de la pedagogía. Su rostro es el de todos los seres que habitan el planeta. Sería un oprobio para la poesía misma querer ser una princesita, no comprometerse, estar siempre en el gran palco deleitando a un reducido público, dando cabriolas y subordinando su realidad humana a la intención de unos pocos. No, no podría ser esta vanidad la que sostiene su esencia liberadora.
Por vecindarios y calles, por páramos y ciudades va la poesía cantando. Baila y canta privilegiando lo humilde y lo grandioso que nutre a este pueblo. Su fiesta es la fiesta de todos. Untada con los colores del niño que vende periódicos en la plaza, y con la señorita que lleva una moneda de oro en el pecho, y con el anciano que por primera vez traza unas letras descifrando la belleza de su nombre, y con el amante receloso que aún no comprende cómo olvidó el día en que el amor llamó a su puerta. Oh, semejante esplendor de amor y cántico. Quién puede rechazarte, quién puede edificar una muralla contra lo que nos une y luego irse por los caminos, lleno de sombras, cerrados los ojos a la luz.
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